Relación entre estrés y aumento de peso

Glandulas Endocrinas

Hace miles de años, el estrés era el «arma» de supervivencia más útil para nuestros ancestros. En situaciones que pusieran en peligro la vida, como el ataque de una fiera asesina, el organismo ponía en marcha un mecanismo llamado «de lucha o huida» (vamos, o te enfrentas o mejor sales pitando, tú verás qué haces). A esto se le conoce como estrés. Era entonces cuando la fiera asesina se las veía con un señor en taparrabos, al que se le había disparado la hormona cortisol, entre otras, preparando su cuerpo para defenderse, mientras cogía un garrote de grandes dimensiones. Bueno, eso o bien a ese mismo señor huyendo despavorido mientras lanzaba su garrote vaya usted a saber dónde y al que se le había enganchado el taparrabos antes de llegar al segundo arbusto. Y ahí acababa la función del estrés. La situación de peligro había pasado y el organismo volvía a recuperar su balance hormonal.

Pero ya no estamos en la Prehistoria. Y ese es el problema. Nuestra sociedad actual con sus prisas, los horarios, esas colas interminables en autopistas, supermercados, oficinas, el metro a rebosar, los precios por las nubes, las facturas que debemos y a veces no podemos pagar, la casa, los hijos, la falta de tiempo para el ocio, y cientos de factores más, no favorecen especialmente la vida. Así que, amigos, estamos en constante estado de estrés psicológico, aunque algunos lo llevan mejor que otros.

El sistema endocrino de aquel señor primitivo que provocó su estrés, actuó como debía hacerlo en aquellas circunstancias. El organismo respondió de la manera que hizo falta y durante el tiempo que hizo falta: provocó una respuesta, una reacción y después de pasado la vuelta a la normalidad: botón verde pasa a naranja, luego a rojo, y finalmente a verde. Hoy tenemos el dedo pegado al botón rojo con Loctite.

Cuando nuestro cuerpo se mantiene en este estado durante mucho tiempo, es inevitable que se provoquen importantes cambios en nuestras funciones fisiológicas. La hormona que más se menciona cuando se habla de estrés es el cortisol. Por eso se la conoce como la «hormona del estrés«. En el momento en el que sentimos una amenaza o un peligro, tanto físico como emocional, las glándulas suprarrenales aumentan nuestros niveles de cortisol, entre otras hormonas, para dotar al cuerpo de más energía y poder afrontar esa situación estresante. Obviamente, si ese proceso persiste en el tiempo, nuestro cuerpo continúa acumulando más y más energía que, al ser en su mayor parte de origen psicológico y emocional, es difícil de quemar. Esta energía sobrante se nos queda «a buen recaudo» en forma de grasa, sobre todo en la parte del abdomen y cintura, y que tiene mucho que ver con la diabetes y los problemas cardiovasculares.

Al mantener a raya el cortisol, funciones tales como el nivel de azúcar en sangre y el metabolismo de proteínas, carbohidratos y grasas, entre otros, funcionan divinamente. Cuando se altera es otra cosa. De momento ya hemos mencionado una: la progresiva acumulación de grasa en nuestro cuerpo. El aumento de esta grasa provoca que la masa muscular disminuya. Al ser las células musculares las que más energía consumen, incluso aunque se esté sin hacer nada, ese consumo energético se ve menguado y, otra vez más, aumento de peso.

La regulación de azúcar en sangre se ve alterada. El páncreas se ve forzado a liberar más y más insulina, puesto la glucosa no hace más que subir, y provocando la llamada resistencia metabólica. El cuerpo se fatiga, hay cambios de humor, la tasa metabólica baja y aparecen otras patologías como, por ejemplo, la diabetes.

También las glándulas suprarrenales que liberan el cortisol, al estar trabajando constantemente, pueden debilitarse con el tiempo. Esto es conocido como agotamiento suprarrenal, y puede ser causa de depresión.

Las personas que sufren periodos largos de estrés pueden tener problemas para conciliar el sueño. La disminución de una hormona, la leptina, baja sus niveles a medida que dormimos menos. La consecuencia es que el apetito aumenta y de noche visitamos muy asiduamente la nevera.

En cuanto a los hábitos alimenticios, suelen cambiar durante estos periodos. Los que deberían estar penados y perseguidos por la Ley son saltarse las comidas, ponerse ciego de huevos con chorizo a la cena, suscribirse al Mcdonalds y no recordar que existen unas cosas llamadas frutas y verduras que se solían comer, allá por los tiempos de los romanos.

Y luego, como el pez que se muerde la cola, el cansancio, la sensación de pesadez y, en algunos, casos la depresión, no favorecen en absoluto las ganas de practicar ningún tipo de actividad física.

Con este panorama tan desolador, ustedes se preguntarán: ¿y ahora qué?, ¿es que no se puede hacer nada para luchar contra esto?

La respuesta es sí, claro. Y no se trata de ningún tratamiento que requiera ir a un balneario en Suiza, ni tampoco apuntarse a las próximas Olimpiadas. Algo tan simple como caminar 20 minutos al día; dedicar lo que se dice un ratillo al día a hacer lo que a uno le de la real gana; dormir un poco más; vigilar la alimentación; evitar cafeína, tabaco y alcohol… Es decir, todo aquello que se recomienda para un estilo de vida saludable.

Imagen Vía: sistemaendocrinomorfounad

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